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La
historia la han contado cientos de veces, puede que incluso miles,
acerca de mensajes arrojados al mar dentro de una botella y recuperados
por su dueño años más tarde. Es la historia de esas pequeñas cosas que
nos acercan nuestro pasado para recordarnos que nada pasa y todo
prevalece.
La mía comenzó en el año 1978, entonces aún vivía mi madre (falleció poco después) y preocupada porque su hijo cultivara la pasión de la lectura siempre consideró que el mejor regalo que podía hacerme en cualquier ocasión era un libro. No recuerdo dónde fue, pese a que lo
he intentado, seguramente sería una librería del barrio donde vivíamos
antes o en un kiosco de prensa, pero el caso es que sí recuerdo que fue
ella quién me regaló un libro titulado "Biografía
del diablo" de Alberto Cousté.
En el instituto lo utilicé como libro de consulta para algún trabajo de
literatura. Lo recuerdo porque en mi memoria prevalece el tiempo que
estuve leyendo y releyendo el libro y las notas que fui tomando.Corría el año 1979 cuando me encontraba trabajando en un bar de la costa barcelonesa para sacarme un dinero para ayudar a mi familia, cuando pasó por allí un matrimonio de edad madura, calculo que debían rondar los cuarenta. En la barra, mientras tomaban un café, hablaron de temas esotéricos. El hombre, que recuerdo era argentino, dijo una frase que yo había leído en mi libro y que muchos años antes ya había dicho Platón: "Si fuésemos razonables confesaríamos que nada sabemos de los dioses, ni de sus personas ni de sus nombres". Al oír esa frase no pude evitar acordarme del libro donde la había leído y así se lo hice saber al matrimonio. Tengo un libro que habla precisamente de eso, les dije. ¿Un libro? me preguntó ella. Y viendo el interés que mostraban les emplacé a que pasaran al día siguiente donde yo traería el libro para que lo leyeran. A la mañana siguiente llevé el libro al bar y el matrimonio vino puntual, como habían dicho. Les presté el libro y, tal y como dice el refranero español, el que presta un libro pierde un amigo. Nunca más los vi: ni a ellos, ni al libro. Meses después alguien que los conocía me dijo que se habían separado y que él había regresado a Argentina. El resultado es que les perdí la pista a ellos, y al libro que me había regalado mi madre. Hace unos meses he comenzado a escribir una novela y cierta documentación que necesito he pensado que me vendría de perlas poderla extraer de ese libro que perdí. Así que ni corto ni perezoso me puse a bucear por internet para localizar cualquier edición de esa novela, ya fuese en papel o en digital, porque la novela sería la misma, pensé. La búsqueda me devolvió un resultado desesperanzador: No existe y está descatalogada. Además su autor, Alberto Cousté, falleció en el año 2010, por lo que es difícil que la vuelvan a editar. Pero Amazon no me dijo que no existiera, si no que en la búsqueda me indicó que había una librería en Madrid, Librería Alcaná, que disponía de un único ejemplar de segunda mano. El 12 de febrero realicé el pedido y el 16 ya lo tenía en mi casa. Para mi desesperación siempre he sido muy cuidadoso con los libros y este, aunque se ve viejo, está perfecto: no tiene marcas, ni tachaduras ni rotos, por lo que no puedo comprobar si es el mismo que extravié 37 años atrás. Pero la paradoja de todo esto es que gracias a internet, y a Amazon, tengo un libro que presté hace casi cuarenta años y, lo más importante: que es posible que sea el mismo libro. Para mí es como si lo fuera. |
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