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El 6 de mayo
de 2015 llega "París 2041" de Ezequiel
Szafir, una novela que no podrás dejar de leer, una novela que debes
leer.
Escribir es ante todo un ejercicio de invención. Ya lo dijo Ana María Matute, cuando recogió de mano de los Reyes de España el premio Cervantes: El que no inventa no vive. Imaginar un futuro lejano, con sus predicciones apocalípticas o catastrofistas, es relativamente sencillo. Sobre todo porque nadie de los que lean la novela existirá cuando ese futuro llegue. Pero pincelar un futuro próximo, a pocos años vista, es una labor de ingenio al que solo un "valiente" literario podría hacer frente sin caer en el paroxismo rebusca Una Europa antitecnológica, no muy distante de la que conocemos ahora, donde el placer de una buena conversación, ya sea en un bar con el camarero o en una peluquería, nos recuerda a un París con el alma marchita donde lo que amarga nuestras vidas en la falta de libertad. El refugio de los libros en papel del “Café del Livres” evoca la seguridad que da tomar notas en una libreta, eludiendo el control de los gobiernos sobre las comunicaciones. Unas fuerzas de seguridad endurecidas por la disciplina donde sus guardias no se mueven, sus labios no pronuncian una sola palabra y no miran a nadie a los ojos, nos alude a la que considero una obra maestra de la distopía, “La fuga de Logan”. Allí, los vigilantes, se comportan como robots a los que emulan en su comportamiento. Aquí, en París 2041, la tecnología ha evolucionado, pero la idiotez humana se mantiene intacta. En la parodia del Gran Dictador, de Charles Chaplin, ya nos hablaban de que la democracia era perjudicial. Y cien años después de la ocupación francesa por parte de los Nazis, Ezequiel Szafir nos refiere a unos principios que Europa siempre ha evitado, pero que han planeado sobre nuestras cabezas como esos drones que recorren constantemente la ciudad de París. “La democracia ha resultado ser un grillete que no nos permitía pelear de igual a igual con los terroristas”, han llegado a decir. En la contra surgen voces que perpetúan la mediocridad e injusticia de nuestra sociedad: “La historia no la escriben los pueblos, sino los gobiernos. Y a los pueblos y los gobiernos los maneja siempre una minoría”, nos recuerda el autor. Una distopía es una sociedad no deseable que nos pinta un futuro poco halagüeño. En este sentido París 2041 habría que enmarcarlo dentro de un género propio, ya que no es propiamente una distopía al referirnos a una Europa que es como un péndulo que va del iluminismo al oscurantismo con el mismo ímpetu e intensidad; la historia más reciente así lo ha demostrado. París 2041 es romanticismo, donde los valores de la amistad no han sido quebrantados por el miedo. Las Redes Sociales han dejado paso a las cartas manuscritas donde es más difícil manipular o engañar y uno se muestra tal y como es. Como dice el autor: “Uno puede tratar de controlar, de manipular o de engañar, incluso de reprimir a todo el mundo menos a uno mismo”. Pero lejos de la reflexión de una sociedad utópica, cercana y creíble, París 2041 compagina lo que podríamos denominar una “ficción real”, al armonizar un excelente ensayo político con un esquema social que no olvida a los habitantes de esas urbes que padecen y sufren las decisiones de sus gobiernos. Sin duda, París 2041 tiene todos los ingredientes para convertirse en una novela de culto, donde llegado el año 2041 muchos dirán: Os lo dije. De todas las distopías posibles, yo me quedo con la de Ezequiel Szafir. Después de todo: Siempre nos quedará París. |
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