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Presentación de Medusa, de Alberto Vázquez-Figueroa, en la Feria del Libro de Zaragoza (07.06.2014)






Hace unas semanas recibí una llamada de un responsable de la organización de la Feria del Libro de Zaragoza, donde me preguntaba si estaría dispuesto a presentar la última novela de Alberto Vázquez-Figueroa el sábado 7 de junio en el hotel Zenit Don Yo. ¿Quién? ¿Yo? ¿Me habla en serio? Nunca antes había presentado a nadie y me parecía un reto fascinante comenzar con un autor de la talla de Vázquez-Figueroa. Al principio tuve miedo, no sabía si sería capaz, si estaría a la altura. Pero luego, más calmado, recapacité que esa presentación era la más sencilla que me podía tocar, ya que Vázquez-Figueroa no necesita que le presenten.

    Unas semanas antes del día D, mi editorial me hizo llegar un ejemplar del Medusa, la última novela de Figueroa. Me la leí en dos tardes. Y no porque no tuviese otra cosa que hacer, sino porque la novela se presta a ser devorada sin misericordia y porque las páginas van cayendo de forma irremediable. Medusa es otra geniali
dad de este gran autor, donde de una manera entre irónica y mordaz nos plantea un mundo en el que dejan de funcionar las telecomunicaciones, a través de un ciudadano anónimo que adquiere un misterioso poder que hace que allí por donde pasa no funciona nada. Esa hipótesis nos lleva a plantearnos qué grado de dependencia tenemos de las nuevas tecnologías y qué interés tienen las empresas del sector en que estemos enganchados a esas redes que nos atrapan. Dentro de la novela hay frases magistrales que nos invitan a la reflexión como que de tanto comunicarnos hemos dejado de comunicarnos o que bastaron unos aprendices de piloto de avión para poner en jaque a toda una civilización. En Medusa queda patente la fragilidad de nuestro sistema y lo vulnerables que somos. El autor nos pone el ejemplo de una pareja de jóvenes, muy guapa ella, que ambos están sentados uno al lado de otro manejando sus teléfonos móviles y sin comunicarse entre ellos. Además no deja títere con cabeza cuando habla de la piratería. En la presentación dijo que estuvo veinte años viviendo en África y varios meses para escribir sus novelas, buscar un productor de cine, dinero, director, actores... para luego ver en internet que hay una página donde anuncia todas sus películas en descarga gratuita. ¿Merece la pena todo ese esfuerzo? se pregunta.



    El día de la presentación quedamos una hora antes en la cafetería del hotel. Juan Bolea nos presentó a ambos y compartió la primera tertulia de la tarde con nosotros. Es un honor para mí conocerlo, le dije. Como no me tutees nos vamos a llevar mal, me replicó sonriendo. Hombre de una gran mundología, no tardó en contarnos la primera anécdota. En ningún momento dejó de sonreír y era capaz de hablar sin parar sin dejar ningún detalle sin explicar. Se acordaba de nombres, fechas, años, lugares, como si todo lo que contaba lo estuviera leyendo. ¿Qué desean tomar los señores? Agua, respondió al instante. No bebo alcohol, me dijo. La importancia del agua, pensé yo. Quien haya leído Tuareg o Saud, el leopardo, se dará cuenta enseguida de la importancia que Vázquez-Figueroa le da al agua. En Tuareg dice que no hay nada peor muerte para un Targuí que la de morir de sed. Le cuento la idea que tengo para hacer la presentación. De mí no hables, me dice. No soporto oír como hablan de mí, precisa. Cambio de planes, pienso. Lo cierto es que en la introducción pensaba hablar algo de su trayectoria.

    Es la hora, nos dice Joaquín Casanova, de la Librería Central. Ante  todo rigor, insiste. A las ocho hay otra presentación y no podemos pisarles. No te preocupes, le digo, seré puntual.

A las 19:00 horas en punto nos adentramos en una sala abarrotada de gente, apenas hay asientos vacíos. La expectación ante la llegada de Vázquez-Figueroa es enorme. La primera anécdota cuando recorremos en pasillo la protagoniza Figueroa cuando se detiene al lado de un niño que está con sus padres y sostiene entre sus manos un tebeo de Mortadelo y Filemón. Así me gusta, le dice, que leas tebeos. Más tarde, en la mesa, se reafirma en la importancia de que los niños lean desde pequeños y se cultiven en la lectura.


    Entre bromas y risas, el autor nos sumerge en su universo y nos habla de sus viajes y de que después de haber estado en las Galápagos, en África y en el Desierto, donde estuvo muchos años, tiene reparo a coger el metro. Se imaginan que me pierdo en el metro de Madrid, pregunta de forma retórica. No me he perdido en el desierto y lo voy a hacer en el metro, arranca risas entre el público. Reusa usar el GPS, algo que critica. Si no sé dónde voy detengo el coche, bajo la ventanilla y le pregunto a alguien, como se ha hecho toda la vida. Critica a esos jóvenes que están todo el día pegados al móvil y que no hablan entre ellos.

    Lo que más destaca en Vázquez-Figueroa, aparte de su mundología, es la capacidad de hablar recordando todos los detalles de lo que cuenta. En una hora me he olvidado que a mi lado hay una persona de 77 años. Una oyente le quiere entregar algo. Acércate, le digo, es una amiga mía. Ana se aproxima hasta el escritor y le entrega una fotografía firmada por detrás por su padre, donde están la práctica totalidad de sus libros. Figueroa la recoge emocionado y me la entrega. Toma, que no se pierda, la dejas entre mis cosas que luego la recojo.



     El acto termina puntual y una avalancha de lectores quieren saludar al escritor. Todos portan novelas de Figueroa en la mano que esgrime como trofeos. Nos vamos a la Feria del Libro, les digo, allí les firmará los libros. Con dificultad lo escolto hasta la calle donde nos esperan para irnos a la caseta donde durante casi dos horas firma ejemplares de todas sus novelas sin parar. Figueroa es incansable. Puro en boca dedica las novelas y no escatima estrechar la mano a los hombres y besar a las mujeres, mientras se pone en pie una y otra vez. Don Alberto, nos podemos hacer una foto con usted. Por favor, replica él, y se pone en pie y se deja fotografiar.

    Por la noche, después de la Feria, nos vamos a cenar en compañía de otros autores, entre los que está Juan Bolea, Vanessa Montfort, Ramón Pernas, Fernando Marías y los protagonistas de Hijos de Mary Shelley, a un conocido restaurante de Zaragoza, donde me siento justo delante de Alberto Vázquez-Figueroa, algo de lo que no me olvidaré nunca: siempre recordaré la primera vez que presenté el libro de un escritor... Siempre.