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Se llamaba
Francisco
Javier Ortega y tenía 28 años. Era un Policía Nacional destinado en la
Comisaría General de Seguridad Ciudadana y anteriormente había estado
destinado en el Tribunal Supremo. La muerte lo fue a buscar mientras
estaba trabajando. Trabajando por todos nosotros, por nuestra
seguridad, por una sociedad más justa. La muerte, como siempre, no
distingue de rangos, ni
de cargos, ni de humanidad, la muerte solo sabe
matar. El policía únicamente hacía su trabajo, y el delincuente hacía
el suyo. Los dos eran profesionales: uno quiso identificarlo y el otro
lo empujó para zafarse de la acción del agente. Al final el tren
resolvió la disputa entre un profesional y entre un "supuesto" ladrón.
En la prensa siempre se les llama supuestos a los delincuentes, excepto
a la muerte, esa nunca se supone: es una certeza. DEP compañero.
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