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Hechizo, premio de relato Altorricón 2011




Algo había en aquel huerto que atraía, cautivador, los sueños del niño. Las noches, misteriosas, sojuzgaban sus pensamientos hasta el punto de retrasar la hora de la cama hasta bien pasadas las once. Era un huerto grande. Inmenso. Cercado por estrechos pasillos de piedra. Borboteaban alrededor tallos de plantas silvestres, traídas por el abuelo; una por cada viaje que hizo. Al fondo, tocando la verja del paso al bosque, ensombrecían la tapia varios almendros, escoltados por dos palosantos que nunca dieron fruto. En medio, a modo de trono, se erguía pétrea una caseta, fabricada por su padre las tardes del último verano que todos estuvieron juntos. El pozo ya seco y tapiado, rompía el serpenteo de uno de los pocos caminos sin asfaltar que conducían hasta el garaje. Ese garaje que tronaba con el coche del abuelo, dando acelerones estruendosos. Calentando el motor. El viejo Renault que remontó incansable las pendientes del camino de la fuente.
    En invierno todo era más sencillo. La abuela cerraba la única puerta que daba paso al huerto y trababa, con oxidadas trancas, las ventanas. Aún así el niño desconfiaba de la chimenea. El castañeo de las piñas rompiendo chispas presagiaban que alguien entraría por ese hueco. Las llamas iluminaban la estancia y perfilaban sombras chinescas en el techo atravesado por troncos. El cuadro del acantilado del faro se encendía, mientras el niño se entretenía imaginando barcos arribando al puerto.
    -Ya es tarde -decía la madre.
    Él se hacía el remolón y buscaba con torpeza demorar la subida a la habitación. Siempre imaginaba que a través de las ventanas de la planta de arriba entraría, lo que fuese, del huerto.
    -Deja que se quede un rato más -sugería el abuelo.
   
Entonces el patriarca encendía una pipa cochambrosa y llena de moratones que un día contó le había regalado una sirena. El padre, siempre severo, censuraba las explosiones de imaginación del abuelo.
    -No le cuentes cuentos que luego le cuesta dormir.
    -Al contrario -rectificaba-, los cuentos ayudan a que los sueños sean dulces.
    El fin de semana, aprovechando que no había escuela, el niño se quedaba hasta pasadas las doce. Cuando las campanadas de la iglesia daban el último timbrazo, entonces el niño miraba espantado el hueco de la chimenea, esperando que alguien bajara por allí. En invierno, cuando el viento del norte azuzaba los árboles, las ventanas golpeaban con furia como si estuvieran aplaudiendo. Se sumaba a ellas el repiqueteo de la persiana del garaje y entre todos orquestaban sonidos que empachaban la casa. Entonces la chimenea escupía chispas amarillas que tiznaban el suelo.

    -¿Sabes quién me dio esta pipa? -le preguntaba el abuelo mientras guiñaba un ojo.
    Y narraba como fue capitán de un barco pirata y surco los siete mares. Como persiguió ballenas hasta más allá del antártico y descubrió ciudades sumergidas hacía miles de años. Vio el tridente de Neptuno, los cabellos de Medusa y cabalgó en el caballo de Hércules, antes de que su padre lo desterrara del Olimpo. Las historias siempre eran las mismas, pero
el abuelo, como buen cronista, las aderezaba de tal manera que parecían distintas. Finalmente el niño se dormía y su padre lo arropaba y se lo echaba a los brazos.
    Y soñaba.

    Por las tardes, cuando regresaba del colegio, las ventanas de la planta de arriba estaban abiertas, pero no tenía miedo. El huerto resplandecía y siempre estaba el abuelo cortando ramas o limpiando la hojarasca. La abuela leía sentada en una hamaca de tela. Sabían que él venía y giraban sus ojos hacia la ventana y levantaban la mano. Entonces el niño los saludaba y bajaba a la cocina a merendar.
    -¿Lo ha hecho la abuela? -le preguntaba a su madre.

    -Claro -decía ella.
    La abuela cocinaba para todos. Y le sobraba tiempo para hacer tartas de manzana y toñas de nueces y pasteles de chocolate. También cosía y mientras él hacía los deberes ella se sentaba en el sillón del comedor, delante de la lumbre, y tejía abrigos y bufandas y calcetines de invierno.
    El padre llegaba tarde y cansado del trabajo. Apenas hablaba. Le daba un beso al niño, saludaba a los abuelos y se sumergía en el despacho a llamar por teléfono y a rellenar papeles.
    -¿Cómo te ha ido hoy el colegio?

    -Bien.
    -¿Te han puesto muchos deberes?
    -Sí.
    Mas tarde llegaba la madre. Venía muy cansada, con la bata de la fábrica enrollada debajo del brazo y un gorro de lana gris que le tapaba las canas. Le daba un beso a todos, pero siempre empezaba por el niño.
    -Estoy cansado de hacer deberes.
    -Un poco más y ya cenamos.
    La noche llenaba de grillos el huerto. El olor a eucalipto empantanaba las frías piedras de la casa mientras que la chimenea vertía, incansable, relámpagos azulados y amarillos sobre las baldosas del suelo. Los ojos del niño se llenaban de tierra a causa del sueño y el padre le decía:
    -Es hora de dormir.
    -Un rato más papá, aún es pronto.

    El humo de la pipa del abuelo dibujaba nubes grises que se estrellaban contra las vigas de madera, mientras la abuela leía esos libros de portadas rotas que siempre poblaron las estanterías de su cuarto.
    Para el niño era un calvario subir hasta la planta de arriba. Solo. El miedo le debilitaba las piernas mientras que el pasillo se llenaba de sombras y voces. Sabía que allí no había nada, pero la creatividad de un niño es más fuerte que su conciencia y el miedo taponaba cualquier atisbo de sensatez. Encendía todas las luces: la de la escalera, la del pasillo, la del aseo y la de las tres habitaciones. Evitaba mirar al huerto, porque era desde allí precisamente de donde surgirían los monstruos. Comprobaba que las ventanas estuvieran ce
rradas y entonaba una cancioncilla repetitiva para que sus oídos no escucharan el bisbiseo de las hojas azuzadas por el viento. La escalera era de una sola dirección ya que una vez subía no podía volver a bajar. Algo había en el rellano intermedio que le impedía acceder al comedor. Dos mundos separados por la mente de un niño. Luego, una vez se había cepillado los dientes, se sumergía en el interior de su cama y soltaba con rapidez el padrenuestro y el ángel de la guarda que le enseñó la abuela. Pedía por toda la familia y se tapaba hasta la cabeza sintiéndose seguro de los fantasmas que caminaban sueltos por el huerto.

   
Meses después de hacer la comunión fue cuando llegó a casa, un día caluroso, y se encontró a su madre llorando. El padre estaba en el huerto fumando y la abuela se abanicaba en el sofá del salón.
    -¿Qué ocurre? -preguntó.
    El padre lo llamó desde el huerto y el niño fue dubitativo hacia él. Antes de hablar ya sabía que ocurría. La muerte llegó a la casa y cogió al abuelo desprevenido. Se lo llevó por la mañana, mientras el niño estaba en el colegio y la madre y el padre trabajaban. La abuela estaba allí, con él. Pero la muerte no le dijo nada. Hizo lo que había venido a hacer y después se fue. El niño, que ya no era tan niño, pensó que había surgido del huerto, del interior del pozo tapiado y mientras duró el verano durmió en la cama con los padres, no podía subir solo a la planta de arriba. Los lazos con la abuela se estrecharon más y ya nunca la dejaron sola. La madre redujo la jornada laboral y pasaba las horas con ella para que no se sintiera sola.
    El invierno siguiente, el primer día que el padre encendió la chimenea, surgió una nube de humo que se coló en una de las vigas de madera del techo y el niño olió la pipa del abuelo. Estaba allí, contando historias de sirenas. No quiso dejar de soñar, el día que lo hagas estarás muerto, le dijo el abuelo. Una lágrima en forma de pepita de limón resbaló por la mejilla de la abuela. Sus ojos se alejaron hasta la orilla donde el abuelo esperaba los barcos piratas. Entonces el niño besó a la abuela en la mejilla.

    Se hacía mayor y el huerto ya no le daba tanto miedo. Los duendes que lo recorrían cada noche empezaron a irse a otro sitio, a poblar las mentes de otros niños más pequeños. Algunos días se asomaba a través de la acuosa ventana de su habitación y miraba durante rato el pozo y hasta le parecía ver al abuelo cortando ramas y rastrillando las hojas y sentía el rugir del motor del coche surgiendo desde el garaje.
    Cuando cumplió los catorce años fue cuando el abuelo, harto de estar solo, mandó a la muerte a buscar a su esposa. Llegó por la noche, como siempre hace, y dejó el cuerpo en su cama, descansando, mientras que su alma la sacó de la casa por la puerta del huerto. Esa mañana la madre lloró más que nunca, al igual que el niño que ya no era tan niño. El huerto quedó hechizado para siempre y los abuelos se fueron a vivir allí. Ya no tenía miedo, abría las ventanas de la planta de arriba las noches de verano y no bajaba las persianas en invierno. El padre se encargó de recoger las hojas en otoño mientras la madre leía en la hamaca de la abuela. Los abuelos eran ellos.
   
Se puso novio con la hija del panadero, donde cada domingo lo mandaba su madre a comprar. Ya la conocía del colegio, pero la timidez nunca le dejó hablar. Le quemaba la cara tanto que evitaba musitar palabra alguna a riesgo de parecer tonto. El primer festivo que vino a comer a casa montaron la mesa en el huerto, cerca del pozo tapiado. La madre se deshizo en la cocina y preparó su mejor guiso para que la novia de su hijo tuviese buena impresión. Al mes justo vino acompañada de sus padres. Después de comer, los chicos se fueron al cine y los padres de ambos se quedaron charlando. Las mujeres en la cocina y los hombres en el huerto. Cigarrillo tras cigarrillo, hablaron de sus cosas.
    Y se casaron. A la boda vino todo el pueblo. Los amigos ataron latas en el coche del abuelo y luego se fueron de viaje a las islas, como era tradición. La novia regresó encinta y el niño, que ya no era niño, mandó reformar la planta de arriba para albergar a la nueva familia. Los padres pasaron a ser los abuelos, el niño fue el padre y el fruto de la novia pasó a ser el niño.
    Y todo empezó de nuevo. El padre, que antes era el niño, hizo reformar el huerto, pues ya estaba viejo, pero dio instrucciones a los obreros para que no tocaran el pozo, y para que respetaran el palosanto que nunca dio fruto. El viejo Renault, al que se le desinflaron las ruedas, tuvo que ser trasladado al desguace, pero en su lugar entró un Citroën gris que hizo las delicias del recién nacido, al que siempre le gustó sentarse al volante, con el coche parado, e imaginar que conducía. El abuelo, que antes era el padre, se jubiló y cambió el cigarrillo por la pipa. Aprovechó las cachimbas de su padre y le contaba historias de sirenas al nieto ante la mirada reprobadora de su hijo.
    Unos llegaron y otros se fueron. El ciclo de la vida pasa imparable ante la mirada calmosa del huerto y la luz del cuadro del faro, que siempre se ancló en el pasillo de la casa. Hubo que cortar el eucalipto y en su lugar plantaron un cerezo. El palosanto se secó. Destaparon el pozo y viendo que no había agua volvieron a tapiarlo para que el niño no se cayera dentro. Ese mismo niño que ahora no quiere subir solo a la habitación de arriba pues tiene miedo de los duendes del huerto, del sonido del viento adentrándose por la chimenea. De la noche.
    El niño se hizo padre y luego abuelo. Ahora reposa ante la lumbre aspirando el aroma de la pipa de espuma de mar. Sueña con bellas sirenas clamando sus cánticos a los vientos del océano. Y le cuenta a su nieto, historias increíbles que quizás nunca ocurrieron.
    -No le cuentes cuentos al niño -le recrimina su hijo.

    -Así sus sueños serán más dulces.
    El niño escucha y mira el reloj inquieto. No quiere irse a dormir a las once, no quiere ir solo. Sabe que el huerto está lleno de fantasmas que lo recorren cada noche. El abuelo lo mira. Ese mismo abuelo que antes fue padre y que mucho antes fue niño y sabe lo que puebla la mente de su nieto. Y sonríe. Y piensa que ojalá fuese cierto y que el huerto estuviera lleno de duendes y que el viento azuzara el eucalipto y que el pozo llevara a algún sitio. Y que algún día el faro del cuadro del pasillo alumbrara las rocas del puerto donde las sirenas reposan.
    -¿Existen las sirenas abuelo?
    -Claro que sí. Y los gnomos y los duendes y las hadas. Y por la noche el huerto se llena de esos seres, que no son malos, que son buenos.
    Y el niño se duerme frente al fuego... hechizado.